“Vamos por partes y cucharadas”, decía la tía Simona, cuando quería explicarnos el mundo sin apuros. Y quizá habría que repetirlo hoy, en estos tiempos donde la gente anda con la cabeza gacha, como si la pantalla fuese una brújula infalible. Apenas uno sube a un bus o al metropolitano, la escena se despliega sola:
La chica del gorro Oversized que no escucha su paradero por los audífonos gigantes; el muchacho del casacón urbano que escribe sin dejar de avanzar; la señora de leggings fosforescentes que revisa por décima vez si su pedido ya salió; el estudiante que sostiene el celular como si fuese un talismán. Todos atrapados, todos desconectados del entorno, todos mirando un mundo que no es precisamente el que pisan.
En medio de ese paisaje digitalizado aparece, cómo no, el zurdo Araníbar. Hoy salió sin su celular y lo descubrió recién en la esquina, cuando el bolsillo —vacío— le pareció un abismo. No regresó a casa. No tenía tiempo. Pero, la angustia le cayó encima como baldazo de agua fría. Pasará todo el día sintiendo que está fuera del mundo. Que algo ocurre y él no está allí para enterarse. Su rendimiento será bajo, su ánimo precario. Sentirá, incluso, vibraciones fantasmas: ese truco del cerebro acostumbrado a la gratificación intermitente de las notificaciones. Un engaño neuronal que delata nuestra dependencia.
El zurdo no es caso único.
El “chino” Chávez revisa compulsivamente la pantalla en la cola del banco “por si lo han llamado”. El ‘Titi’ camina en zigzag por el pasaje mientras deja audios eternos. El ‘Halconcito’ atraviesa la plaza sin ver un solo rostro, como si el barrio fuese apenas un decorado. Escenas replicadas: el niño que no oye a su madre, el adulto que no escucha un saludo, la pareja que comparte mesa, pero no miradas.
La antropología advierte que el ser humano es lo que mira. Y si dejamos de mirar, dejamos de ser un poco. Filósofos contemporáneos hablan del sujeto aumentado: un individuo que delega memoria, orientación, conversación y hasta validación emocional en un dispositivo externo. Una prótesis simbólica que amplía capacidades, pero paradójicamente, reduce nuestra presencia real en el mundo.
Aun así, la vida insiste. A veces, basta levantar la mirada.
Ver a la señora que vende flores con una sonrisa que rescata mañanas; al anciano que ofrece un “buenos días” que reconcilia el ánimo; al niño que ríe primero con los ojos. Presencias que no vibran en el bolsillo, pero sí en el alma.