Con la fiesta de la Virgen de Chapi, el viernes pasado, hemos comenzado mayo que los católicos dedicamos de modo especial a la Virgen María, cuya solicitud maternal por el pueblo de Dios se ha manifestado de diversas maneras a lo largo de estos casi veinte siglos de vida de la Iglesia, incluso a través de apariciones en momentos muy delicados de la historia. Por esa razón, los numerosos santuarios dedicados a ella en los cinco continentes son meta de decenas de millones de peregrinos que acuden a darle gracias por los beneficios recibidos y/o a buscar consuelo y esperanza. En el cambio de época que estamos viviendo, resultan del todo actuales las palabras del papa Benedicto XVI: «Encomendémonos a ella, para que guíe nuestros pasos en este nuevo período de tiempo que el Señor nos concede vivir, y nos ayude a ser auténticos amigos de su hijo, y así también valientes artífices de su reino en el mundo» (Catequesis, 2.I.2008).
María es una criatura, salvada también por el único salvador que es Jesucristo, y al mismo tiempo es su más cercana colaboradora en la custodia y salvación de la humanidad.
Conscientes de eso, los cristianos de todos los tiempos hemos sabido levantar los ojos hacia ella, seguros de encontrar en su corazón de madre la protección y fortaleza necesarias para afrontar las dificultades que se nos presentan en el transcurso de la vida. Y cada vez que lo hemos hecho, ella ha sabido llevarnos a Jesús y animarnos a confiar en él, diciéndonos, como en las bodas de Caná: “hagan lo que él les diga”, haciendo posible así que experimentemos la potencia con la que Dios es capaz de transformar el agua en vino nuevo y devolvernos la alegría de vivir (cfr. Jn 2, 1-10).
Hace unos años, el papa Francisco invitó a todos los fieles a que «redescubramos la belleza de rezar el Rosario en casa durante el mes de mayo», sea toda la familia junta o de manera personal (Carta, 25.IV.2020).
Se unió así a la estela de papas que siempre han recomendado esta oración desde que, por inspiración de la misma Virgen María, comenzó a introducirse en la Iglesia a través de santo Domingo de Guzmán y fue ampliamente acogida a lo largo del segundo milenio de la era cristiana.
«El Rosario es una de las modalidades tradicionales de la oración cristiana orientada a la contemplación del rostro de Cristo», escribió san Juan Pablo II en su carta apostólica El Rosario de la Virgen María (n.18). «Oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora, el Rosario es, pues, oración de orientación profundamente cristológica» había escrito antes san Pablo VI (Exh. Ap. Marialis Cultus, 46).
Siguiendo la tradición de los ilustres pastores que a lo largo de los siglos han exhortado a los fieles a rezar el santo Rosario, les propongo también que acudamos a esta bella oración, en la seguridad de que, como hace unos días ha dicho el papa León XIV: «Al igual que María, también nosotros estamos hechos para el cielo, y hacia el cielo caminamos con alegría, mirándola a ella, madre bondadosa y modelo de santidad, para llevar la luz del resucitado a los hermanos y hermanas que encontremos» (Discurso, 19.IV.2026).