La crisis electoral del 12 de abril no solo expuso errores operativos, sino también una gestión que, según el propio Jurado Nacional de Elecciones (JNE), no cumplió con las garantías mínimas ofrecidas a la ciudadanía.
Las declaraciones de Roberto Burneo no son menores: revelan una desconexión entre lo que la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) prometió y lo que realmente ocurrió.
De acuerdo con el titular del JNE, las advertencias sobre retrasos logísticos se realizaron desde el 10 de abril. Sin embargo, la respuesta de la ONPE, bajo la dirección de Piero Corvetto, fue asegurar que todo estaba bajo control.
El resultado fue distinto: material que no llegó a tiempo, mesas que no se instalaron y miles de ciudadanos afectados en su derecho al voto.
Este contraste entre discurso y ejecución es el punto más crítico. No se trata únicamente de una falla técnica, sino de una gestión que no anticipó riesgos ni reaccionó con la rapidez necesaria.
En procesos electorales, la previsión no es opcional; es una obligación institucional. La reiteración de garantías que luego no se cumplen erosiona la confianza pública.
Además, la preocupación se amplía hacia la segunda vuelta. Burneo advierte que, pese a la salida del jefe de la ONPE, el equipo logístico permanece. Este dato no es menor: implica que la estructura que falló sigue operando, lo que mantiene vigente el riesgo de repetir errores en un momento aún más decisivo para el país.
En ese contexto, el debate ya no gira solo en torno a responsabilidades individuales, sino a la capacidad del sistema electoral para corregirse. La evidencia muestra que la organización del proceso no estuvo a la altura de su función. Corregir estas fallas no es una opción política, sino una condición indispensable para sostener la legitimidad democrática.